En otro tiempo abrí las fauces en un mundo habitado por sedientos dioses de la lluvia y de la guerra. Como David a la cabeza del gigante, me hollaron los conquistadores y los condes y el pintor impresionista. Hoy asomo las narices para oler las garnachas de los que se sientan en torno al que primero, inútilmente, buscó la independencia.
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